Cuando menos te lo esperas.
Es la única manera de no perder la magia cuando ya no sabes que hacer.
Como en cualquier noche sin luna encontrarte un luciérnaga solitaria a la deriva. Y seguirla y encontrarte.
Hay veces que puedes hacerlo todo bien, por los demás sin esperar sonrisas altruistas o casualidades de esas que te hacen soñar.
Simplemente esperas o mejor dicho, buscas el día en que parezca verano de nuevo, alguno de esos días brillantes que se quedan con tu olor de medianoche sobre la almohada.
Pero todo sigue cayendo, el cielo, las estrellas, y las nubes llegan y te bombardean a escupitajos desde cualquier rincón, francotiradores desconocidos que se ponen de acuerdo para desgastarte más todavía la poca esperanza que hay detrás del cristal.
Hacía tiempo que no tenían lugar sucesos así, de esos que se crean únicamente en los sueños y que después cuando se hacen realidad te iluminan por dentro, dando lugar a un torrente inmenso de palabras, llenas y otras vacías, descoloridas como sus vaqueros ,brillantes como sus ojos..
Pensaba que me equivocaba. De verdad que lo pensaba.
Pero lo hice, sin pensarlo, como en un sueño del que no quedarían huellas, algo impecable, limpio, sin trascendencia.
Y así fue. Como repetir algo que ya se sabía, porque lo sabía lo leyó durante tanto tiempo en mi mirada, en mi cada hueco de mi mente, en la forma de agachar la cabeza cuando no sabía que decir..
Hace tiempo que no sueño con tejados, más bien porque no veo salida a ningún sueño, se estancan o se repiten.
No pasa nada.
Pero siempre, cuando crees que los muros son demasiado altos y que no hay nadie para ayudarte a saltar un par de metros del suelo, ocurre. Aquello que ni soñabas de lo ínfimo y a la vez imposible que resultaba.
Entonces ahí estás tú, sin pensar apenas, sin sentir nada, sin esperarlo, bajo la luz de las famosas farolas naranjas.
Y no sé ni como, a lo que yo le había dado forma en mi cabeza aparece veloz como un sueño justo a mi lado.
Formulando cuatro letras ensayadas , preparadas, mostrando la seguridad que hacía tanto tiempo que buscaba y yo le había dado.
Increiblemente incorpóreo. Con su camisa en la que estaban cosidos más de un par de semanas de recuerdos con olor a sal y arena, esos luciérnagas que no me abandonarán y que vuelven SIEMPRE, bajo la luz neonizada de las farolas naranjas iluminando por completo cada poro de su piel, y su sonrisa pícara, enorme, perfecta, MÍA. Por un momento pensé que era verano, por otro que era feliz, muy feliz porque había encontrado un instante, solo un instante de paz en lo que yo quería.
Porque me podrá gustar mucho un par de nubes rosas sobre el horizonte, los suricatos, las nutrias, las sonrisas y un buen par de luciérnagas, los chicos en moto y los croissant de nocilla para desayunar, pero nada tan excitante y tierno como pasear por su mente, incomparable, mis pisadas están ahí, arrastrando el tiempo y él me deja las puertas abiertas, por si quiero volver alguna vez.
Ya lo escribí una vez, pero las certezas son así.
A pocos metros, y respirando el mismo aire.
Sus cinco sentidos puestos en una sola cosa de nuevo.
Su rayo azul directo, directísimo al corazón como solo él sabe.
A pocos metros y dos corazones latiendo, pensando lo mismo, tocándose dos corrientes de fuerza irrompible e infinita.
Inentendible, pero perfecto.
Sueños, son sueños.
Y hay que cuidarlos, porque son parte de nosotros mismos.
Y piensa, aunque no lo diga nunca, piensa en mí aunque aveces no quiera. Lo hace, de la forma más tierna y dulce que se podría hacer. De una manera diferente. Pero lo hace.
Y a mí me encanta.
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