¿ Ves todo eso ? Es nuestro, para siempre

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viernes, 12 de noviembre de 2010

No recuerdo si era verano, pero hacía sol, más que cualquier otro día

Creo recordar que eran las 10 de las mañana, brisa mañanera arrastra todos y cada uno de los anhelos de cada una de esas camas hundidas por el peso de los pensamientos de algunos, de el ego de otros, pero esa cama, precisamente la cama verde, estaba vacía, hecha deshecha que más da, la cuestión es que ÉL no estaba y se llevó todos su caldo de consecuencias y circunstancias a otra parte.
Un piso más arriba, caliente muy caliente, pero ¿ acaso importaba ? Nunca sabré como él persistía, impasible, allí arriba sentado sobre esas tejas color melocotón sobre las que se pasaba, horas y horas..
El sol más grande que pudieses imaginar iluminaba esa ciudad inundada de guiris en chanclas y calcetines blancos, sobre todos esos edificios de cartón piedra, entre todos esos callejones de adoquines, se podía ver un tejado, rodeado por un millón más de ellos, pero había uno , uno en el que el sol disparaba un rayo de sol cada mañana, precisamente ahí, donde ÉL se sentaba.
Desde casi cualquier ventana cercana al centro de la ciudad se le podía divisar, un chico de estatura normal, pelo castaño oscuro casi negro corto muy corto, labios finos con una sonrisa pícara muy burlona, pero no se reía de nadie, directamente ellos no le importaban , ¿ saben ? él no solía sonreír, ahora sí ,pero hasta que apareció ella, como verán más adelante.
Tenía un perfil afilado, felino como si fuese un gato ; parecía mucho más mayor de lo que era, él decía que no lo pretendía pero yo sé que sí, que siempre lo quiso así..
Una voz extraña, diferente ,intimista, parecía que siempre hablaba en susurros, en ese momento no se escuchaba nada , ni nadie , solo su voz, por muy bajito que lo dijese..
Manos finas, como las de una chica , pero unos brazos y unas espaldas, dios mio ¡ que espaldas !
Aunque nada de eso era lo que le distinguía, eran sus ojos verdes, enormes, inmensos, increíbles, color verde tortuga y te puedo decir que brillaban más que el sol, que hablaban, que volaban que podían derretirte en cuestión de segundos, y que no fallaban, no fallaban nunca.
Pero más que eso, él era especial, más que ningún otro, con sus manías perfectamente medidas , equilibradas con sus virtudes, era diferente , yo no sé que tendría ese tejado. Eso sí, el no era perfecto, no era un héroe, era el chico del tejado y con eso, basta.
La cuestión es que eran las 10 de la mañana, y entre todo ese olor legañas y a pan recién hecho, estaba ese personaje hecho de sueños acostado sobre sus hombros, encima del tejado, del mismo tejado de siempre, de su tejado. Llevaba puesto ese sombrero de paja de su padre, no le gustaba simplemente porque era de su padre, pero hacía mucho sol y no tuvo más remedio.
Las converse con suela a la mitad de camino apoyan sobre las tejas apunto de ceder. Era muy temprano y el silencio no le dejaba pensar en paz, así que empezó a silbar, sin querer, por inercia una cancioncilla que habría escuchado por la radio hace unos días, se le suelen quedar las canciones en la cabeza mucho tiempo sin saber ni como se llama ni de quién, pero también le daba igual. Le daba todo igual.
Mientras, se fijó en como dos nubes ,enormes, las únicas que había en ese inmenso cielo azul claro se enfrentaban en duelo, llegó un momento en el que dejó de pensar y se centró en esas dos nubes, la nube de la izquierda estaba armada de una larguísima espada que se torcia por segundos mientras la de la derecha intentaba vencerle con un cabezazo. Con la tensión de la batalla empezó a silbar más alto, más alto, sin darse cuenta, casi intentando gritarle al aire, intentando controlar con la mente a la nube de la izquierda para que se retirase..
Allí arriba era feliz, muy pero que muy feliz quizá nadie lo entendía ,pero no lo pretendía y esto si que no lo pretendía, en serio.
EL silbido empezó a golpear las ventanas de los vecinos, pero rebotaban como respuesta, menos una, aquella ventana, había estado abierta toda la noche por una insomne pasiva que le gustaba sentir el aire por la noche en su cara, cuántas veces le habrña gritado su madre que la cierre, pero ella siempre tiene la música demasiado alta, sus guitarras la aturden, es la excusa de siempre.
Esta vez no entraron cucarachas ni bichos voladores, solo era su salvación, su destrucción en forma de silbido. Se le metió por la ventana como se cuelan los sueños en nuestras vidas.
Aunque ella no lo viese así desde el principio.

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